ANA MARÍA MATUTE,FELIZ TRAS GANAR EL PREMIO CERVANTES 2010

Definitivamente, Ana María Matute (Barcelona, 1925) es, como su narrativa, mágica: no crece. Por eso, cuando hoy narraba aspectos de su vida tras obtener el premio Cervantes, modulaba la voz arriba y abajo buscando otras voces, dibujaba figuras con sus manos huesudas, hacía más de una y dos muecas. “Es que es lo que ha hecho siempre, desde pequeña, cuando lee cuentos en voz alta”, aclaraban los que bien la conocen. Una narradora innata, eterna, pues.

Por lo dicho hoy en Barcelona, parece que esa coherencia vital también ha sido literaria en la que, tras María Zambrano y Mari Luz Morales, es ya la tercera mujer en obtener el máximo galardón de las letras castellanas. “Desde mi primer cuento he querido comunicar lo mismo, la misma sensación de desánimo y pérdida; vivir es perder cosas, también”, afirma quien aún sigue escribiendo, si bien nunca sabe “cuándo saldrá; nunca se sabe lo que puede durar un libro; es un misterio; la vida también es mágica y esto de escribir también”.

Muy atrás ha quedado hoy esa crítica literaria condescendiente que no supo encajar sus libros, a caballo entre el realismo social y esos mundos infantiles y mágicos que siempre han impregnado la obra de Matute. “Y qué quiere: no tenían ni idea de lo que decían, España estaba tan cerrada al mundo… No sabían nada de nada y te juzgaban con unos cánones fijos, estrechos, trillados, estúpidos y con un muchito de mala leche”.

Pero hoy Matute está “enormemente feliz”. “Quiero ver este premio como un reconocimiento a que he dado casi toda mi vida a esto que es escribir; el reconocimiento literario, si acaso, lo han de dar los lectores, si es que les he abierto o cerrado una puerta con mis libros”.

Como hacía cuando tenía cinco años debajo de la cama o encerrada dentro de un armario, Matute continúa leyendo como una posesa: “Más de media vida larga de mi vida me la he pasado leyendo; es importantísimo; por eso pude escribir Pequeño teatro con 17 años [pero se publicó en 1954]: esos sentimientos los conocía porque los había leído en Dickens y Dostoievski”. Los escritores rusos “son lo máximo”. “Mi amor por los cuentos es culpa de Chéjov, cuyos relatos me parecen mejor que su teatro”.

Devoradora ahora de una novela negra que ha redescubierto (“Denis Lehane y Michael Connelly me encantan, me cae la baba; lástima que no tenga yo capacidad para ese género: ¡ahí cabe todo!”), sigue pensado que su mejor obra es Olvidado Rey Gudú.

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