Gerónimo Soriano y su obra pediátrica

Imagen de acompañamiento,no es el médico…

Los inicios de la Pediatría le deben mucho al médico Gerónimo Soriano, autor en el año 1600 del libro Methodo y orden de curar las enfermedades de los niños. Su permanente dedicación a la infancia enferma y su desprendimiento de intereses económicos, algo muy llamativo en un médico para la mentalidad social de la época, le llevaron a abrir en su ciudad natal, Teruel, una consulta gratuita para niños y fundar un humilde hospital. De esta forma luchó también contra el curanderismo tan extendido en esta España del Renacimiento. Dr. José Ignacio de Arana Amurrio. Profesor de la Facultad de Medicina. Universidad Complutense de Madrid.

Obras pictóricas de niños

Los hombres de ciencia y los filósofos del Renacimiento, aquellos que cambiaron el modo de mirar la naturaleza que nos rodea y las inquietudes de nuestro raciocinio y nuestro espíritu; aquellos que abrieron unos ventanales por los que todavía nos llega la luz al pensamiento de quienes vivimos quinientos años después, hicieron una maravillosa profesión de humildad que debe obligarnos a recapacitar. Una de sus frases más sentidas, más sinceras, era la siguiente:

“Nosotros vemos más lejos que nuestros predecesores, pero sólo porque somos enanos subidos a los hombros de unos gigantes”. Con estas palabras reconocían que tenían contraída una deuda impagable hacia los que antes que ellos habían transitado los mismos caminos de inquietud intelectual. Los gigantes sobre cuyos hombros se aupaban para ver un horizonte tan sugestivo como infinito eran los autores clásicos y medievales de todas las disciplinas del saber; sólo desde esa atalaya les era posible atisbar el nuevo entorno que se abría ante sus ojos.

Enfermedades de los niños

Nosotros, los hombres y mujeres que en el tránsito de milenio dedicamos toda o la mayor parte de nuestra actividad a la ciencia o a alguna de sus aplicaciones prácticas ¿seríamos capaces de entonar una loa semejante a quienes nos han precedido? Casi todos nos creemos gigantes. Y, sin embargo, no es así. La ciencia, la ciencia médica en nuestro caso, no es sino un camino inacabado e inacabable jalonado de hitos que nos han de servir de referencia.

En el caso de la Pediatría, una de esas piedras miliares es el libro Methodo y orden de curar las enfermedades de los niños del doctor Gerónimo Soriano, publicado el año 1600. Gerónimo Soriano fue un hombre de su tiempo, renacentista en lo que esto significa de buceador en las fuentes del clasicismo pero sólo para extraer de ellas lo perdurable y sobre esa base levantar los cimientos y todo el edificio de un nuevo saber o, por mejor decirlo, de un nuevo entender.

El Renacimiento español, además, gozó de unas características que lo diferencian del que coetáneamente se desarrollaba en el resto de Europa. En primer lugar, fue más prolongado en el tiempo –y esto lo podemos apreciar tanto en la ciencia como en la filosofía o en el arte-, lo que le permitió adquirir una mayor solidez ante de ser arrebatado por los excesos del sucesivo movimiento barroco. En España se maduraron más el pensamiento y las formas de hacer de los clásicos y también de los medievales y se tuvo tiempo de pulir las aristas que aquéllos mostraban sin romper con brusquedad sus piedras angulares. En segundo lugar, esa época coincidió con la que iba a presenciar la elevación de España hasta el protagonismo político, social, y por ende cultural, en el viejo continente y su proyección sin solución de continuidad hacia un universo virgen en todos los sentidos como era el nuevo mundo transatlántico. Lo que los españoles hicieran entonces iba a representar el patrón europeo, y en América el germen de una sociedad neonata. Y en tercer lugar, pero no en el último, puesto que de él nacen, sin duda alguna, los otros factores, la coexistencia durante los siglos, que no el siglo, de Oro españoles de una pléyade de extraordinarios personajes en todos los campos de la actividad humana como pocas veces se ha dado a lo largo de la historia de los pueblos.

Nuestro autor, pues, se mueve en este campo abonado y a él se aferra para desarrollar su labor como médico, nutriéndose de ese humus y dando unos frutos magníficos. Sin embargo, es muy poco lo que sabemos seguro de su biografía. Natural de Teruel, ciudad en la que luego ejercería casi toda su vida profesional, estudió o amplió estudios en Valencia y publicó esta obra fundamental en Zaragoza, todas ellas ciudades del entonces reino de Aragón. El libro, a la usanza de la época, está dirigido, esto es, dedicado y puesto bajo la protección y el mecenazgo del Muy Ilustre Señor Gaspar Pedro, “caballero nobilísimo habitante de dicha ciudad [Teruel].” En esa dedicatoria, y por mano del propio autor, podemos encontrar los motivos que le indujeron a su publicación: “…y deseando alcanzar amigos, y nombre, he determinado condescender con las persuasiones de algunos, que con las cartas me han solicitado que sacase a la luz este tratadillo del Método de curar las enfermedades de los niños. De suerte que me arrojo y aventuro a obedecerles, para obligarles a que no me nieguen su amistad: también para que mi nombre y crédito pase adelante.”

He destacado intencionadamente estas palabras para que se vea que aun en el ánimo de quien durante toda su vida hizo gala de humildad, cabe un ápice de deseo de perpetuar su nombre; algo connatural en cualquiera que realiza un trabajo que sabe importante y más si es innovador. De todas formas, contrasta este texto con la frecuente impudicia con la que muchos de nuestros contemporáneos se califican a sí mismos de genios.

Curanderismo

Poco más es lo que se conoce con certeza de la vida y la obra de Gerónimo Soriano. Sí nos consta que en el año 1595 había publicado en Madrid otra obra titulada Libro de experimentos médicos, fáciles y verdaderos, recopilados de varios autores que dirige en este caso nada menos que a los santos mártires y curadores san Cosme y san Damián. Este libro es, como ya se anuncia en su mismo título, un centón en el que se recogen conocimientos de otros autores, pero reúne dos características que lo singularizan. La primera es que está escrito en lengua vulgar castellana y no en latín como se acostumbraba hasta entonces para los textos médicos; y el autor razona esta decisión, que sabe va a ser discutida por los letrados de su época, trayendo a colación el argumento de que otros grandes médicos y divulgadores hicieron antes lo mismo en sus respectivos idiomas: Galeno, Vuecherio, Tiraranto, Leonardo, Falopio, etc. Se trata, pues, de una de las primeras obras científicas escritas en nuestro idioma, un idioma ya riquísimo como en el mismo tiempo estaban demostrando los creadores de nuestra mejor literatura con Cervantes a la cabeza de todos ellos. La segunda de las características que me interesa destacar en estos Experimentos es su confesada vocación de ser una obra útil no sólo a los médicos sino a personas ajenas a la profesión de esta ciencia; un libro, por lo tanto, eminentemente práctico y divulgador. Estas son las palabras del autor en su prólogo: “El médico que de ello se quiera aprovechar, si fuera docto, hallará que están compuestos con arte y método y alcanzará la ocasión y tiempo para haberse de valer y aprovechar de ellos. Los que no fuesen médicos, si la necesidad fuere tal y lo pidiese, podrán ponerlos por obra. Advierto, empero, como cristiano, aconsejo que, si oportunidad hubiese, tomen parecer de médico docto y cristiano, para que, con mayor seguridad y oportunidad mejor, se aproveche de los experimentos (…)”. Es decir, nos encontramos ante algo así como un manual de primeros auxilios pero riguroso en cuanto al origen y la exposición de los remedios en él expresados.

Hospital de niños

Lo demás que conocemos de la trayectoria vital de Soriano entra de lleno en el campo del panegírico y no tiene base documental aunque no por ello, según creo, deba omitirse cuando tratamos de hacernos una idea de la personalidad de nuestro autor. En la edición que de esta obra Methodo y orden de curar las enfermedades de los niños hizo la Real Academia de Medicina en 1929 se incluyen unas notas del doctor Miguel Granell, contemporáneo casi de Soriano, en las que se refieren algunos datos de esa opinión que era generalizada en el reino aragonés a los pocos años del fallecimiento de nuestro médico. Dice que en la ciudad de Teruel se le conocía como Señor san Jerónimo por la bondad de su carácter y la misericordia que mostraba en su quehacer médico. De joven ya había demostrado sus cualidades intelectuales y su amor por los niños, por lo que se fijó en él un rico y noble turolense –quizá aquel don Gaspar Pedro al que años después dedicará su obra- que le pagó los estudios de médico.

Nada más obtener su licenciatura en Cirugía Mayor se instaló en Teruel y abrió una consulta gratuita para niños y fundó un pequeño y humilde hospital para los niños que precisaran mayores cuidados o no tuvieran quien les atendiera en sus domicilios. El doctor Granell, recoge testimonios de habitantes de Teruel y de su alfoz que demuestran aquellas cualidades de Soriano: su permanente dedicación a la infancia enferma; su desprendimiento de intereses económicos, algo muy llamativo en un médico para la mentalidad social de su época; la aplicación de remedios innovadores como algunos de los que luego hemos de citar; su lucha contra el curanderismo que en el medio rural, pero también en el urbano, de aquellos siglos se ocupaba en la mayor parte de la atención a los enfermos, tanto por la carencia de médicos fuera de las grandes ciudades como por la imposibilidad de la mayoría de los pacientes para pagar los altos honorarios que los pocos existentes les exigían.

Infancia enferma

Si repasamos las descripciones que los literatos de entonces, notarios fieles de su tiempo, hacen de los médicos, casi siempre despectivas cuando no burlonas o decididamente sarcásticas, no pueden dejar de extrañarnos, y de estimular nuestra admiración, estos relatos sobre un médico que, además, estaba cambiando radicalmente muchos de los conceptos preexistentes de nuestra profesión y, desde luego, de su interés por el niño enfermo.

Y aquí entramos en el aspecto más destacado de Gerónimo Soriano. El profesor Sánchez Granjel no duda en afirmar que la Pediatría alcanza su definitiva constitución como saber médico independiente en la obra de Soriano y concretamente en su Methodo.

Con la llegada del Renacimiento a España, Pedro Díaz de Toledo, Luis Lobera de Avila y Luis Mercado publican algunas obras médicas con referencias a enfermedades infantiles, aunque apenas son repetición de los conocimientos ya explicados por autores extranjeros y siguen haciendo referencia al niño como un individuo secundario dentro de la sociedad. Y sobre todo, en 1600 aparece el Methodo y orden de curar las enfermedades de los niños de Gerónimo Soriano.

Pocos años después de la primera edición del Methodo se editarán en España otras obras también importantes ya con claro y definido matiz pediátrico. Son sus autores Cristóbal Pérez Herrera, Francisco Pérez Cascales, Juan Gallego Benítez de la Serna, médico de cámara de Felipe III, y Juan Gutiérrez de Godoy, autor este último del sugestivo título Tres discursos para probar que están obligadas a criar sus hijos a sus pechos todas las madres, quando tienen buena salud, cuestión que vuelve a estar de actualidad.

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