"LOS CANTANTES CASTRADOS"

LOS CANTANTES CASTRADOS.

Hace unos años se desató en buena parte del mundo una curiosa afición por la ópera o, por mejor decir, hacia algunos aspectos de esta manifestación artística musical. En efecto, una inteligente campaña de marketing consiguió que amplias capas de la sociedad, que hasta entonces desconocían la existencia de esta música, o conociéndola la tenían por elitista y un sí es no es pesada, se sintieran fascinados por la actuación de unos determinados cantantes que se prodigaron en recitales muy alejados del auténtico ámbito operístico.

Dr. José Ignacio de Arana Amurrio. Profesor de la Facultad de Medicina. Universidad Complutense de Madrid.

Esto no sucedía en la historia de la música desde hace casi doscientos años y entonces las voces que se discutían, se admiraban o se denostaban no eran las de tenores y sopranos sino la de unos peculiares cantantes cuya trayectoria vital y artística constituye uno de los capítulos más dramáticos y a la vez sugestivos de esa misma larga historia de este arte. Son los cantantes castrados que ocupan un lugar destacado en la interpretación musical durante casi tres siglos pero que alcanzaron su mayor popularidad en el siglo XVIII.

A nadie hoy en sus cabales y con un mínimo rasgo de sensibilidad humana se le pasaría por la cabeza la ocurrencia de mutilar severa e irreversiblemente a un niño, y menos a un hijo, para obtener algún beneficio económico o de otro orden con esa acción. Y, sin embargo, durante mucho tiempo hubo familias que encontraron en ello una pingüe fuente de ganancias y hasta el encumbramiento social.

En Grecia, en Roma y en algunas otras civilizaciones como la islámica posterior a estas dos, se sometía a algunos niños esclavos a la extirpación de los testículos con el fin de destinarlos al cuidado de los gineceos o del harén en los que vivían las mujeres apartadas de otro contacto varonil que no fuese el de sus maridos o señores. Los eunucos -palabra griega que significa, “guardián del lecho”- formaron en esas naciones una clase de la que no sólo se nutrían esas guardias mujeriles sino que escalaron puestos de más responsabilidad en los palacios regios y señoriales llegando a ser algunos de ellos primeros ministros, consejeros áulicos y generales de los ejércitos. Se consideraba siempre que su obligada dejación del trato con las mujeres les hacía prestar una mayor y constante atención a las otras tareas encomendadas.

En el siglo XVII en Italia -una Italia dividida en muchos reinos, cada cual buscador más denodado de cualquier deleite sensual- se comienza a encontrar otra utilidad bien distinta a esa operación mutiladora. Aquellos “refinados” italianos comprueban que castrando a niños preadolescentes que poseyeran una hermosa voz, como los que cantaban en algunos coros y escolanías de las iglesias, cuando crecieran conservarían el tono agudo de soprano de la voz infantil pero potenciada por los pulmones del adulto y la mayor caja de resonancia del tórax de éste. De este modo se obtenía una voz extraordinaria, incomparable con ninguna de las conocidas hasta entonces y utilizadas en la naciente música teatral, el precedente de la ópera.

Durante muchos años estos fenómenos vocales son utilizados como espectáculo de feria donde, por ejemplo, se les hace competir con determinados instrumentos musicales, en especial con la trompeta de timbre también muy agudo: el trompetista ejecutaba una nota y la mantenía el mayor tiempo posible en el aire o la modificaba en florituras; luego el cantante debía imitar aquel sonido con su voz e intentar igualarlo en duración o en filigrana. El público asistente cruzaba apuestas y el cantante podía terminar la función vitoreado o molido a palos, según le fuese en el desafío o estuviera el humor de los apostantes.
El aspecto físico de los castrati variaba según el momento de su desarrollo en que el niño hubiese sido emasculado. Su morfología la divide Juan Antonio Vallejo Nágera -que ha estudiado con detenimiento de médico y de melómano a estos personajes- en tres tipos: unos serían de gran estatura, con las manos y los pies muy grandes en contraste con un tórax corto y ancho; otros derivarían hacia un aspecto feminoide, con acúmulo de grasa en los pechos, las caderas y las nalgas y unos muslos muy gruesos; por fin, unos pocos no se deformaban conservando un aspecto de varón adulto normal.

La castración se había efectuado en algunos casos de forma accidental o por indicación médica que en aquel tiempo consideraba necesaria esta intervención para curar algunas enfermedades, si bien en la mayoría de estos últimos casos se trataba de pacientes adultos en los que la extirpación testicular no provocaba ya ninguna alteración física. Pero cuando comenzó el auge de aquellos cantantes, primero en ferias como hemos visto y luego en los escenarios como más abajo se dirá, se desató la ambición de muchos maestros de música y de muchos padres. La castración la efectuaban a veces los propios familiares pero llegó a establecerse en Italia un auténtico gremio de castradores de niños, cirujanos sin ninguna titulación, aunque alguno hubo con estudios, que se desplazaban de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo anunciando y prestando sus servicios por las casas donde hubiera niños con buena voz y familiares o mentores ambiciosos.

El procedimiento habitualmente utilizado podía ser la amputación mediante un cuchillo seguida de una cauterización al fuego o más raramente con sutura, o bien el estrangulamiento mediante una ligadura apretada en el escroto. Ambos sistemas eran muy dolorosos para la criatura y a ésta se la adormecía con la ingestión de alcohol o de algún bebedizo a base de opio. La escena, en cualquier caso, sobrecoge el ánimo de quien la imagina con nuestra mentalidad actual, pero no debía de hacerlo tanto entonces puesto que los castrati llegaron a contarse por centenares. Hay que considerar, además, que muchos niños morían durante la operación o en los primeros días tras la misma, efectuada en condiciones absolutamente precarias de higiene y muy menguadas de técnica; y que otros muchos no alcanzaban a desarrollar las cualidades de voz que se esperaba de ellos. Por todo lo cual, si existen referencias de varios cientos de castrati conocidos debemos suponer que la operación se llevó a cabo en miles de criaturas.

La Iglesia condenó desde un principio estas prácticas y estableció la pena de excomunión e incluso la de muerte para quienes practicasen o colaborasen con la castración. Pero se trataba de una actitud hipócrita, desmentida clamorosamente por su propia actuación. Así, por ejemplo, refiere Vallejo Nágera que en 1780 existían nada menos que setecientos castrati actuando en las iglesias de Roma además de dos o tres en cada teatro de ópera de los que había cuarenta sólo en los Estados Pontificios. Hasta el pontificado de León XIII (1878-1903) no se prohibió la presencia de castrati en la capilla de música papal. Incluso el último de estos cantantes, Alessandro Moreschi, grabó varios discos en la era inicial de la fonografía a comienzos del presente siglo.

Nadie ha vuelto luego a oírlos cantar. Para la realización de una producción cinematográfica -que, por cierto, violenta desagradablemente la auténtica biografía del personaje- sobre Farinelli, el más famoso de los castrati de todos los tiempos, acerca del que volveremos después, fue necesario un alarde técnico consistente en superponer electrónicamente la voz de una contralto y de un contratenor, las dos voces que más se pueden asemejar a lo que sería en realidad el tono obtenido por un cantante castrado.

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