"Recorrido histórico por la feminización de la Medicina"

Recorrido histórico por la feminización de la Medicina

A la mujer le ha correspondido, para que le fueran reconocidos sus derechos, conocimientos y habilidades para el ejercicio de la Medicina, recorrer un largo camino, tan largo como la propia historia de la Humanidad. Hasta finales del siglo XIX la sociedad no fue capaz de eliminar totalmente su dominante comportamiento masculino, de tal forma que la feminización en todos los estratos sociales ha supuesto un fenómeno de lenta pero progresiva implantación.

Dr. Ángel Rodríguez Cabezas Miembro de la Asociación Española de Médicos Escritores y de la Asociación Española de Historia de la Medicina

La sociedad ha excluido a la mujer, hasta hace bien poco tiempo, de las actividades desarrolladas fuera del ámbito familiar, que han sido, por otra parte, y aún lo son, las más estimadas. El origen de este reparto de intereses hay que ir a buscarlo a la antigua cultura griega, donde el varón ostentaba los valores de civilización, razón y orden, mientras que a la mujer le estaban reservados los concernientes a la naturaleza, emoción y caos. Simplemente, ser mujer presumía portar una importante carga negativa para el reconocimiento de los valores adquiridos con el esfuerzo del estudio y el trabajo serio, ya que la concepción androcéntrica de los aconteceres históricos silenció hasta entonces la labor real de la mujer en cualquier plano de la actividad científica. El ejemplo más manifiesto de ello nos lo aporta la biografía de Madame Curie, a quien en 1911 se le concede por segunda vez el Premio Nobel y, sin embargo, se le niega el ingreso en la Academia Francesa de las Ciencias.
Sin embargo, en la Antigüedad, cuando el título de médico aún no estaba establecido y ejercía de tal todo aquél que se consideraba con actitudes suficientes para diagnosticar y tratar, la mujer gozó de gran predicamento en este oficio, siendo hábil y virtuosa en el arte de la sanación, más aún cuando exclusivamente ejercía el oficio de partera. Siempre las mujeres fueron buenas sanadoras. Fueron las primeras médicas sin título, las primeras y mejores comadronas y las primeras fitoterapéutas, puesto que sabían cultivar y mezclar plantas medicinales. Eran “las mujeres sabias”, en cuyas manos y durante mucho tiempo estuvo la atención médica de la población enferma.

Ya en la Mitología griega, en los tiempos en que dioses, hombres y héroes andaban un tanto revueltos, casi todas las deidades tuvieron algo que ver con la enfermedad, puesto que a ellas estaba reservada su curación –no podía ser de otro modo, ya que existía la creencia de que las enfermedades eran consecuencia del castigo divino–. Entre las diosas, Artemisa era protectora de la mujer y de los niños, Afrodita curaba los males del amor y aumentaba la fecundidad, Palas Atenea era especialista en las enfermedades de los ojos, Hera (mujer de Zeus) era valedora de las parturientas, Hécate, de sobrenombre Pharmakis, jugaba un importante papel en los partos y Higeia y Panacea, hijas de Asclepio, se encargaban de la higiene y de la terapéutica. También en Roma sus mitológicas divinidades tenían inclinaciones médicas. Entre ellas sobresalía, en estos menesteres, Fluonia, Uterina y Febris.

En Egipto las mujeres y los niños invocaban la protección de Isis mientras Ameretap, la farmacéutica, cuidaba el jardín de los dioses, donde cultivaba toda suerte de plantas medicinales. Y aunque hubo mujeres en la Antigüedad que probablemente ejercieron de médicos, están en la historia como excepción y con carácter puramente anecdótico. Tal sucedió en Sumeria, en el propio Egipto, Roma, Grecia y también en la América precolombina.

En la antigua Grecia, el libre ejercicio de la Medicina había originado graves anomalías y desastres en la salud de los enfermos. Cualquiera podía ser médico; solamente la mujer quedaba excluida de esta profesión. Cuéntase que Agnodice fue la primera que luchó por el acceso de la mujer a la profesión médica. El relato, un tanto irreal, se lo debemos al escritor romano Higinio: Agnodice se había disfrazado de mancebo para aprender del médico Herófilo la asistencia al parto. Algunos médicos envidiosos la acusaron de estupro. Cuando, ante el tribunal, desveló su sexo, sus acusadores se enfurecieron aún más, exigiendo mayor castigo. Pero intervinieron las principales damas atenienses suplicando su absolución. Ello sirvió para que se derogase la antigua ley y, desde entonces, las mujeres atenienses pudieron aprender y ejercer la Medicina y sobre todo, la Obstetricia. A raíz de este ‘incidente’ se creó la profesión de matrona, en el futuro “obstetric”.

Más tarde, ya en el siglo XII, una extraordinaria mujer, Hildegarda de Bingen, santa Hildegarda (1098-1179), supo pasar de la regla monacal a la Medicina. Su educación comenzó por el canto, por el de los Salmos, como entonces era habitual, de tal forma que “aprender a leer” era entonces “aprender el salterio”. Dedicó su atención, entre otras ramas del saber – jurisprudencia, teología, filosofía, poesía, música-, a la Medicina natural, indagando las propiedades curativas de las plantas, los animales y las piedras. Todo su conocimiento médico lo plasmó en dos obras “Physica o Libro de la Medicina Simple” y “Causae et Curae o Libro de la Medicina Compuesta”. Transportada por las visiones interiores enraizadas en la fe cristiana, dedicó su atención a la curación de las enfermedades a través de la observación y el estudio en el periodo aún monástico en que se desarrollaba la terapéutica en Occidente. Hildegarda escribía casi siempre haciendo referencia a las visiones, lo que, en opinión de algunos, no dejaba de ser una estrategia para llamar la atención sobre sus propias ideas o formas de pensar, que de otra manera, por salir de la mente de una mujer, aún reflejadas en el soporte del papel, quedarían infravaloradas. Todo ello valió a la ‘sibila renana’ el título de ‘primera doctora alemana’. En su quehacer no olvidó la Medicina preventiva, haciendo conducir agua caliente a todas las celdas de sus monjas, de las que vigilaba también su higiene dental. Su obra, de gran contenido psicoterapéutico experimental, también ha servido para que fuera proclamada por ello patrona de los psiquiatras. Aunque dominó muchas otras disciplinas, donde sobresalió esta mujer única fue en el campo de la composición musical, para la que estaba especialmente dotada.

Luego, en el recuerdo de la primera escuela de Medicina del mundo occidental no debe pasar desapercibido un hecho que marca un hito en la Historia. Por primera vez, una universidad, la Escuela de Salerno en este caso, abre sus puertas a una mujer, Trótula de Ruggiero (1110-1160) que bien pudo enseñar Obstetricia en aquel centro, ya que nos legó un texto sobre esta materia “De passionibus mulierum o Trotula Maior” y “Ornato mulierum o Trotula Minor”. El primero, que se atribuyó durante mucho tiempo a autores de sexo masculino, fue el libro más veces copiado de todos los tiempos. El “Trotula Minor” contemplaba enfermedades de la piel y temas de cosmética. De la Escuela de Salerno es también Abella, otra mujer médico de la que, sin embargo, apenas nos han llegado noticias.
Más tarde, todos los intentos que la mujer realizó para ingresar en la profesión médica, obtuvieron la desaprobación de casi toda la sociedad. Quizás la única excepción histórica se aprecia en la Alemania de finales del siglo XIV, donde el Emperador autorizó, en principio, el ejercicio de la Medicina a quince mujeres, pero con la condición de atender exclusivamente a enfermos pobres.

Fue la Obstetricia, como digo, una concesión a este rechazo. En esta especialidad, disciplina muy separada durante siglos de la Medicina, sí destacó la mujer. A Madame Boursier se la considera una de las parteras más importantes del siglo XVII, llegando a atender a María de Médicis, esposa de Enrique IV. A otra de ellas, Elizabeth Cellier, su interés por mejorar la atención a las mujeres, criticando para ello a la sociedad inglesa y al propio Jaime II, la llevó directamente a la picota.

El caso del “doctor” James Barry (1797-1865) es claro exponente del interés por la feminización médica reinante. Fue médico militar del ejército de Su Graciosa Majestad durante varias décadas. De talla baja, voz atiplada y un tanto lampiño, demostraba, tanto entre la tropa como en el campo de tiro, un comportamiento notablemente castrense. Sin embargo, cuando falleció súbitamente y a su cuerpo se le practicó la autopsia, el Departamento de la Guerra tuvo buen cuidado en no revelar el sexo: el Dr. Barry era una mujer.

Extravagancias similares ocurrían en aquellos tiempos en que la mujer luchaba para lograr el merecido reconocimiento profesional en la Medicina y en otras profesiones. Es el caso de la doctora Mary Walker, cirujano durante la Guerra Civil americana. Se llegó a vestir de hombre para poder ejercer y diseñó un vestido especial para mujeres a prueba de violaciones.

En Estados Unidos las mujeres contaban con gran oposición cuando solicitaban el ingreso en las escuelas médicas. A Harrier Hunt (1805-1875) los estudiantes de Harvard la rechazaron arguyendo estas razones: “Acordamos oponernos a que se nos imponga la compañía de cualquier mujer, dispuesta a renegar de su sexo y a sacrificar su modestia compareciendo con el hombre a las clases”. Su insistencia, no obstante, la llevó a culminar su carrera llegando a ser profesora de Ginecología y Pediatría en el Rochester College.

Elizabeth Blackwell (1821-1910) logró matricularse en el Geneva College of Medicine de Nueva York gracias a un equívoco entre los estudiantes, que pretendieron, una vez admitida, que se ausentase de las clases cuando se explicase la anatomía del aparato genital masculino, a lo que Blackwell se negó. Fue la primera mujer inglesa que obtuvo la licenciatura en Medicina, lo que siempre le produjo un justificado orgullo. Supo esquivar bien la oposición profesional a la que la sometían sus colegas masculinos, lo que le permitió trabajar hasta el final de su vida, a los 89 años, en la Escuela Médica para mujeres de Nueva York. No menos inconvenientes tuvo que sortear su hermana Emily Blackwell, que consiguió finalmente trabajar con sir James Simpson, que fue el que introdujo el uso de la anestesia en el parto.

En esta nómina incompleta de las primeras mujeres médicos en los Estados Unidos de América cabe citar también a Mary Jacobi (1842-1906) que logró lo que entonces parecía imposible: el doctorado por la Universidad de París. Desarrolló un intenso trabajo en las ámbitos académicos y privados, fundando, junto a las hermanas Blackwell la Escuela de Medicina para Mujeres del Hospital de Nueva York.

En Europa un largo camino de dificultades académicas le tocó soportar a Elizabeth Garrett (1836-1917) quien también pudo realizar su aprendizaje con el influyente sir James Simpson, gran valedor de la causa femenina, antes de sufrir exámenes médicos en la Sociedad de Farmacéuticos Ingleses –lo que la convertía oficialmente en médico- y en la Facultad de Medicina de París, donde recibió el doctorado. Fue la primera mujer que realizó una ovariectomía y la primera que entró –aunque por error administrativo- en la Asociación Médica Británica.

Ya antes, en el siglo XVIII, Anna Morandi Manzoliani había conseguido impartir clases de anatomía humana en la Universidad de Bolonia.

A Sophia Jex-Blake (1840-1912) sólo le quedó la alternativa, ante la férrea oposición, tanto de la sociedad civil y académica de Londres, como la de los tribunales de Justicia, a su petición de ingreso en la Universidad de Edimburgo, de fundar, junto con el Dr. Francis Austie, la Facultad de Medicina para Mujeres de Londres. Será más tarde, en 1915, cuando las mujeres médicos pudieron ser miembros de la Asociación Médica Americana.

Fue al final del siglo XIX y principios del XX cuando la mayor parte de los países: Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia, Rusia, Suiza, Bélgica, Alemania, Austria, Australia, Brasil, Chile y México, admiten a la mujer tanto en la formación teórica como práctica en la educación médica. Pero, a pesar de ello, las mujeres que querían hacer de la Medicina, y de otras ramas del saber, su profesión, deben luchar contra toda clase de prejuicios, porque de no hacerlo quedarían socialmente instaladas muy marginalmente en la sociedad. Como ejemplo de ello transcribiré lo que al respecto escribía un famoso galeno en ‘Transaction of the American Medical Association’ en 1871: “Otra enfermedad se ha convertido en epidémica. La cuestión femenina en relación con la medicina es sólo una de las formas en las que la pestis mulieribus mortifica al mundo”.
Aún tuvo que pasar mucho tiempo para que los éxitos de la mujer en el propio ejercicio de la Medicina y en la investigación, demostraran que la feminización médica era ya un hecho. Ya en el siglo XX la doctora Maude Abott con su clasificación de las malformaciones congénitas del corazón y la doctora Helen Taussig, que ideó la técnicas quirúrgicas para corregir dichas malformaciones, así lo demuestran.

Es en 1947 cuando otra mujer, la doctora Gerti Theresa Cori (1896-1957) gana por primera vez el Premio Nobel de Medicina. Lo hace junto a su espòso el doctor Carl Cori por sus trabajos sobre el metabolismo catalítico del glicógeno por el que éste se transforma en glucosa asimilable. Luego, en 1977, otra mujer, Rosalyn Yalow, también lo obtiene por desarrollar la técnica del radioinmunoanálisis.

Finalmente la italiana Rita Levi-Montalcini, trabajando en Estados Unidos, es galardonada con el Premio Nobel de Medicina de 1986 por el Factor de Crecimiento Nervioso (NGF). El premio lo compartió con Giuseppe Levi, Viktor Hamburger, Stanley Cohen y Salvador Luria.

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